La Mesa.

Los trastes son utensilios caseros, objetos de uso cotidiano que sin darnos cuenta se van acumulando a pesar de que el tiempo va avanzando casi imperceptiblemente; en espacios bodega esperan pasivos a que les quiten el polvo o mejor aún, a que los usen. El uso de las cosas sugiere una intensa problemática en una época donde la vida útil de los objetos es cada vez más corta, donde la supuesta novedad y la opulencia de la acumulación nos convierten en estibadores, en transportistas y acomodadores de muebles que no se van a usar, ni siquiera compartiendo la casa-espacio con ellos. Juegos de sala donde nadie se sienta, mesas donde nadie escribe, apoya, dibuja o se reúne, objetos que han quedado obsoletos pero que nadie bota por nostalgia o porque aún se recuerda el esfuerzo económico para adquirirlos, etc.

Mover los objetos, volcar los elementos, como expresa Zúñiga, cambiar las relaciones frente a las cosas ocasiona nuevas sensaciones, como cuando se cambia el orden de las cosas en la habitación, como cuando se mueve un mueble; y no solo está implícita la idea de mover-las-cosas, sino también, como ya expresé, el uso de las mismas. La obra Sin título a la que me referiré como La Mesa, nace entre estos dos fenómenos, el uso y el empotramiento, un gesto artístico que buscaba criticar la institución (Bellas Artes) pero que trasciende a una crítica a toda-institución a todo-espacio y toda-relación con los objetos.

Criticando la pasividad y cierta modorra que se vivía en la institución, Zúñiga un día coge las mesas y las instala con cuñas a la pared. Nadie usaba las mesas, eran objetos que estaban ahí a los que había que limpiar, mover, pero que definitivamente pocos usaban; estamos en un contexto de carencias y la misma formación artística de Zúñiga expresa su recursividad y la actividad de una mirada sensible que indaga las cosas, pregunta a los elementos y sobretodo los usa. La mesa deja de ser mesa pues se fusiona con una cuña que la sostiene, se fusiona con el piso, con la pared y con el mundo; nadie puede mover el mundo así no más; nadie puede evitar mirar con sorpresa la mesa en la pared; la obra entonces crea una paradoja pues en la imposibilidad de que el objeto sea mesa, de que se mueva y de que se le dé el uso para el que existe, entonces a los espectadores, curadores y públicos nos toca decirle LA-MESA pues no hay otro nombre para ello.

Ya no es un traste y en ese sentido invita a la potencialización de las acciones, en términos de Zúñiga; con un nuevo disponer de los objetos cotidianos incomoda y perturba a quienes estaban acostumbrados a ver dichos objetos listos, dispuestos a un uso que quizá se seguiría posponiendo, como es costumbre en las dinámicas del consumo, donde todo acontecimiento es potencia.

¿Cuestión de una pared en blanco? – Una crítica a la curaduría

En una entrevista personal con el artista se tocaron varios puntos con respecto a sus obras, pues en una crítica anterior había expresado mi inconformidad con una de sus obras expuestas (la pirámide de cosas rotulada como Sin Título) y había hecho una lectura que no estaba equivocada y que más bien pienso ampliar en este artículo. También se tocaron puntos en cuanto a la curaduría y la siguiente reflexión la hago en base a dichos puntos conversados con Zúñiga y que quedan como interrogantes para los investigadores. Se manifestó durante la entrevista que la obra Sin Título, correspondiente a la mesa, fue instalada a última hora incluso un poco antes de la inauguración de la exposición; Problema curatorial que se ahonda con la forma de afrontar la otra obra de Zúñiga, donde debido a coyunturas que tenían que ver con el espacio, los objetos y la intención curatorial la obra es modificada sustancialmente desde su raíz conceptual.

A mi modo de ver puede ser muy arbitrario exponer una obra para llenar espacios en blanco en la propuesta museográfica, y sobre todo una obra tan pertinente como la mesa; lo digo a pesar de que en este caso existe un acierto, pues la obra de Zúñiga dialoga y casi que complementa y le da fuerza a la propuesta curatorial; sin embargo quedan preguntas como si el espacio de entre-gradas de Casamata (Camino al Barrio) no fue llenado también arbitrariamente; incluso cabría preguntarse sobre algunas obras que le restan cualidades a la exposición y por ende a la cuestión curatorial.

La museografía es una gráfica en la cual es muy inocente esperar que cada obra ostente una especie de aura, un espacio de pureza donde no se perciba nada más que ella; han sido muchos los teóricos que han disertado acerca de las disposiciones museográficas, suponen siempre la existencia de cada obra en relación con las otras, en relación con su contexto y con las obras de otros artistas, con el campo, con la vida misma del entorno; sin embargo sería negativo hacernos los locos cuando como espectadores de un espacio tan problemático como Casamata se notan desajustes como por ejemplo la inclusión a última hora de la obra de Zúñiga y algunas obras que a mi modo de ver parecen expuestas arbitrariamente. En los dos últimos espacios llamados Camino Al Barrio y Huelga se pierde mucho el interés y la fuerza que había ganado su exposición al inicio.

La Pirámide.

La segunda obra de Zúñiga expuesta en Casamata se trata de una gran pirámide de cosas, rotulada Sin título es una obra de gran imponencia de la cual me referí en otro artículo como una obra que se ve mejor al revés. Todo gracias a un incidente que sucedió con el computador y la fotografía de registro, en la cual parecía que todo reposaba sobre la silla Rimax verde que realmente no estaba en la base sino en la cima de la pirámide. El techo de madera de Casamata creaba la ilusión y generaba ciertamente más tensión de esta forma; cabe anotar que esto lo reitero debido a que en un acercamiento a Zúñiga dicha apreciación no estaba del todo equivocada.

El artista ha venido trabajando en un dialogo constante con los objetos, con los elementos que están en las diferentes locaciones a las que prácticamente se enfrenta; este enfrentamiento se da gracias a una visión artística de la problemática de la acumulación y el uso; gracias a que la construcción de espacios como casas, instituciones, hoteles, museos, almacenes y ciudades, en un sentido pesimista no es más que la edificación de bodegas entre las cuales el hombre camina y a duras penas logra usar una pequeña parte de todo; se puede observar este fenómeno en la especulación del mercado, donde el capital o la moneda potencial o virtual es mucho mayor a los recursos reales del planeta y de allí, en una forma simple de verlo, la gran explosión de fabricaciones, productos y necesidades. La obra entonces es una acumulación, un volcamiento de elementos una organización a modo de trasteo donde todo calza en una carro-moto, la obra sin embargo está instalada para su exhibición y no para su trasteo, nadie se la va a llevar, es una gran pirámide que se erige como un tótem contemporáneo de la incertidumbre humana y su fe en los objetos.

En este punto haré hincapié en dos cuestiones que son la intención artística de Zúñiga y una reflexión acerca de la pirámide como el símbolo de una religión; En otra ocasión aseguré que la obra no tenía la fuerza ni la pertinencia para estar en la exposición, porque la veía como una simple acumulación y que si bien, generaba mucha inquietud, le faltaban valores como tensión, carecía de un no-se-que. Sin embargo ahondando en la temática descubro que detrás del objeto existe un proceso propio del artista en el cual se revelan fenómenos interesantes en torno al arte, como por ejemplo plantear una escultura, una instalación con los objetos del lugar, con lo que esté a la mano; otra vez una decisión política en cuanto a la relación con los objetos que nos rodean; Zúñiga los vuelca, los acomoda, los des-acomoda, los monta y los clava, los re-dispone. Los mismos objetos que han estado en el sitio durante mucho tiempo ahora son volcados y se hace patente su objetualidad, cosa que incomoda y perturba pues no pasan desapercibidos en el paisaje cotidiano de la casa, el hotel, la institución, la ciudad o el museo. Es necesaria la contemplación y con ello la reflexión, quizá el porqué de cada cosa, quizá la esencia del espacio, una especie de alma que se ha encarnado en los objetos de cada lugar donde el artista interviene. Esta intención es la de la obra rotulada Sin Título que le da la pertinencia en la exposición y que considero interesante haber conocido gracias al acercamiento al artista.

La pirámide entonces se puede leer como un tótem en una época donde estamos aparentemente libres de dogma, es más fácil se ateo hoy; pero a mi modo de ver la fe continua existiendo como una necesidad humana, de esta forma los nuevos dogmas giran en torno a los objetos, a su consumo y a su acumulación, al deseo de creer las promesas de la publicidad (no creerlas, de hecho nadie las creería, existe entonces un deseo a creerlas). El volcamiento de los elementos denuncia su materialidad entre el mundo humano que los ha moldeado a sus necesidades, a su imagen y semejanza, y cabe reflexionar sobre todo ello, ya que el arte es una excelente excusa para hacerlo.

Esta lectura la planteo como un espectador ansioso que ahora comprende un poco más la postura y la mirada de Zúñiga. Indagar los elementos y las cosas, volcarlas, usarlas y re-disponerlas como una agitación política que intenta despertar a todos de esa inercia de llenar sus espacios con trastes y sobre todo evitar que dichos trastes dejen de dialogar para siempre con su entorno y su humano más cercano.

¿Cuestión de Concepto? Crítica a la curaduría.

A mi modo de ver, toda modificación, por elemental o sustancial que sea, cambia el sentido de la obra y más cuando esta es de carácter conceptual o cuando en la obra se evidencia un PROCESO determinado por el trabajo y las intenciones del artista. Es viable asegurar que durante un montaje museográfico sean muchas las variables a tomar en cuenta, tratar con artistas “debe ser muy complicado” y más aún cuando sus obras deben seguir una especie de libreto diseñado por los investigadores. La curaduría en Casamata presenta muchos problemas con sus relaciones conceptuales y las categorías en las cuales mete las obras. Pero este no es el problema al que me referiré.

El problema es de tipo más sutil y está relacionado con la pirámide de Zúñiga, pues cabría preguntarse si todos los objetos dispuestos en la pirámide estaban ya en la casa, es decir ¿estaban a la mano del artista cuando planteó su gesto?, en una pregunta al artista, este expresó que muchos de los elementos de la casa no se podían mover además de que le tocó traer elementos de otros sitios; incluso su planteamiento era modificado por el curador, que en definitiva quería una pirámide. El problema no es tan grave si lo leemos como un dialogo entre investigador y artista, aunque creo que la obra se re-significa y escapa de la intención inicial de Zúñiga, crea una nueva obra, una nueva coyuntura que está en relación con las condiciones de enunciación enmarcadas en una curaduría algo desorganizada. En este caso, pues como digo la obra cambia su baremo conceptual pero igual que con la mesa, sale bien librada y no pierde esa vertebra que la une con el artista. Sin embargo se abren interrogantes frente a las demás obras expuestas, pues existe entonces la posibilidad de que el investigador modifique sustancialmente la obra en pro de una disposición curatorial; creo que desde un simple marco, una altura de exposición, una intervención en una instalación, un simple rotulo o un simple título de un espacio de exposición; todo ello juega a la par y dependerá de la fuerza del conjunto y del planteamiento curatorial para que no se vea flojo. ¿Pero qué sería de los salones nacionales, de las exposiciones grupales, de los regionales y del arte en general, sin estos sin sabores?

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